sábado, 27 de agosto de 2016

Julio Florez y la selva.

Horas en la selva

Parte I

Con su clámide eterna de verdura
surge en la nebulosa lontananza
henchida de silencio la llanura
como una melancólica esperanza.

Triunfa el sol en el cielo. Hay un derroche
de júbilo en la gran naturaleza.
Dejó a su paso la enjoyada noche
un temblor diamantino en la maleza.

Canta un turpial. La selva entumecida
incienza y se reanima hacia el inerte
tronco entre su corteza carcomida.

¡Ay, quién pudiera contrariar su suerte!
¡Ser flor y perfumar toda la vida;
ser pájaro y trinar hasta la muerte!